Aparecimos alguna vez erráticos animales inútiles, suicidas y torpes; micro destructivos vagabundos carentes de sentido y brújula; sin expectativas y en el vacío, indefensos en la hostilidad del infinito que creímos adverso pero que no era más que indiferente. Nos hicimos figura de una tormenta, una gran tormenta en remolino, un torbellino naufragando al viento; aves sin rumbo aleteando sin estacionarse, hojas de otoño flotando en círculos sobre el suelo de nuestra ignorancia, insignificantes remolinos revoloteando en la superficialidad de lo ínfimo. Y así fuimos rueda al pavimento húmedo y a la piedra lluvia, gravitamos en la imparable cinética del universo; en la materia, en la antimateria, en el átomo, en la partícula. En el silencio fuimos los enormes estruendos de las nebulosas. Como motas de polvo, atrapadas y arrastradas por el giro de un molino que nos posó sobre sus astas; y los segunderos de un reloj que borraba las huellas de nuestras pisadas al instante, n...
Ávido estará tu reflejo siempre en mi espejo por cuánto ese reflejo no fue más que aire, ese aire animal que por consecuencia nos dejó la gracia, gracia animal, vanidosa y teatral que bien conoces eso que conoces de sobra pero de lo que no hablas, no lo hablas con nadie porque te delata, y bien sabes que te delata porque descubre tu arrogancia Esa arrogancia falaz y altanera del poeta sin sentido, ese sin sentido que haces sonar en tu guitarra, esa arrogancia con la que adornas tu prosa, eso que repites en tu discurso vacío discurso vacío y tormentosamente cínico. Pero yo bien te conozco, sé que no eres más que semicírculos perdidos no eres más que un par de notas elípticas arrojadas en un piano, Eso que suena bien para un oído que no ha sido adiestrado. Lo supe cuando pasamos noches y días en una barra de miseria y humo humo que saturaba nuestros cuerpos intoxicados con cerveza y con mal vino En esa barra fría en donde chocamos nuestros rostros frente a mi espejo. ...