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Suéñame para salvarme

A mi Leonor, quien me llora en silencio cada vez que muero
 y me resucita con solo mirarme

Duerme paz amor misterio,
no voy a despertarte
Porque he vuelto rabia y angustia.
Ileso por cierto, nuevamente ileso.
Me he salvado otra vez de la tormenta.
He sido marea y viento contrario.
Me he salvado por ti, por volver a ti.

Sigue sueño amada tranquila
Sacúdete los años, viaja al primer día
Aquel día en que rozamos en secreto nuestras manos
Y del prohibido abrazo que se hizo nuestro

Suéñame joven cómplice amiga
en los encuentros de trasnoche de antaño
Aquellos de eternas charlas sobre la vida,
Y los de furtivas miradas clandestinas,
También los de caricias fugaces,
Y los de besos infinitos,
En los que tus ojos nocturnos abrían al alba
Tan largos que el tiempo dejaba de ser constante

Sueña fuego única amante
El día primero de humedades robadas,
En el que fuimos uno, líquido y lágrima
Cuando estallaron los signos en la mezcla de tus sudores
Porque fuiste única en el primer día de tu primer hombre
Y yo me hice único contigo desde entonces.

Duerme vida amada en sueños
Porque vengo rabia y necesito
que me vuelvas nuevo como antes,
cuando fui ángel y guarida.
Oh amada hazlo por nosotros
Sé sueño de nuestra historia
Para que mañana cuando despiertes
Me des la vida, como siempre.

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Aparecimos alguna vez erráticos animales inútiles, suicidas y torpes; micro destructivos vagabundos carentes de sentido y brújula; sin expectativas y en el vacío, indefensos en la hostilidad del infinito que creímos adverso pero que no era más que indiferente. Nos hicimos figura de una tormenta, una gran tormenta en remolino, un torbellino naufragando al viento;  aves sin rumbo aleteando sin estacionarse, hojas de otoño flotando en círculos sobre el suelo de nuestra ignorancia, insignificantes remolinos revoloteando en la superficialidad de lo ínfimo. Y así fuimos rueda al pavimento húmedo y a la piedra lluvia, gravitamos en la imparable cinética del universo;  en la materia, en la antimateria, en el átomo, en la partícula. En el silencio fuimos los enormes estruendos de las nebulosas. Como motas de polvo, atrapadas y arrastradas por el giro de un molino que nos posó sobre sus astas; y los segunderos de un reloj que borraba las huellas de nuestras pisadas al instante, n...